lunes, 18 de noviembre de 2013

Un día normal para Federico Moccia.

Se despierta bastante temprano, les da dos besos bien fuertes a su mujer y a su hijo, toma un desayuno sustancioso, de esos bien azucarados, y pone rumbo a la oficina en scooter, esquivando el tráfico de Roma.

Se divierte mirando todas las escenas que se desarrollan en la calle: un hombre nerviosísimo aguardando a que cambie el semáforo, una mujer que espera el autobús, una mamá que lleva a su hijo al colegio, un gato que reclama algo de comer ante la puerta de un bar. Ver cómo se despierta su ciudad y despertarse con ella. Después, el trabajo, las llamadas telefónicas, las reuniones. Y a menudo, por la tarde, sale hacia alguna ciudad para presentar su libro, conocer gente, emocionarme.

Cuando puede, juego también un partidito de fútbol ocho con los amigos, que nunca hace daño, ¡o se toma una pizza estupenda en los buenos restaurantes de los que luego habla siempre en los libros!

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