El cine es arte, es magia, es locura, es fantasía... y es difícil, pero le encanta. Al principio, sufrió cuando vio cómo las páginas de sus
libros se transformaban en la película, pero acabó pensando que se
trataba de otras versiones, de historias que se parecían mucho a lo que él había contado en sus libros pero que no eran forzosamente idénticas. Y
esta nueva consideración le ha permitido ser el director de sus
películas.
Le gustaría probar a dirigir una película sobre algo que no nazca
necesariamente de uno de sus libros, tal vez un guión escrito por otra
persona o incluso una obra de otro autor. Cree que, de algún modo, los
dos Moccia, el escritor y el director, se complementan el uno al otro. A
veces se pelean, pero al final hacen las paces.
Hay un tercer Moccia, el guionista, que de vez en cuando se interpone
entre ambos. Cree que cada uno de estos papeles se complementa con el
otro. No podría separarlos. Le gusta mucho ver cómo la historia del
libro se transforma en película. Darle al personaje una cara, una voz,
matices, gestos, colores, ambientes. Imaginar escenas que dan ese toque
adicional a la narración. El que se crea en la pantalla cinematográfica
es realmente otro mundo. Desde A tres metros sobre el cielo ha trabajado
en las adaptaciones de sus libros desempeñando diversas funciones hasta
la última, la de director. Ser autor implica expresarse de maneras
distintas. Muchas reglas de la narración son comunes también al cine.
Cuando hacemos una película a partir del libro, reescribimos la historia
narrada en él, eligiendo los sucesos más significativos en detrimento
de otros, precisamente porque el ritmo de una película es distinto del
de una lectura. Cuando leemos, el ritmo lo decidimos nosotros. La
película debe sugerir rápidamente personajes y escenarios, no puede
contar con la amplitud de la narración novelada, debe «traicionar» un
poco al libro y volverse autónoma, ciñéndose, no obstante, a la
historia. Una traición, en cualquier caso, formal y no sustancial. El
director sabe sobre todo que tendrá que enfrentarse a lo que el
espectador, que primero ha sido lector, espera ver en la pantalla.
Cuando se parte de un libro es preciso reescribir la historia haciendo
una selección entre los distintos sucesos que tienen lugar, y el hecho
de trabajar en equipo ayuda a decidir de la mejor manera, a no
infravalorar las diversas hipótesis y a menudo a encontrar otras nuevas.
A pesar de que muchas leyes de la narración son comunes al cine, es
necesario hacer una transposición. Cuando parte de algo que ya existe,
en este caso un libro, el narrador del cine lleva a cabo en realidad un
trabajo aún más difícil. Porque tiene que reescribir casi por entero la
historia relatada en la novela, eligiendo además entre los distintos
acontecimientos, procurando, sin embargo, mantener intacta la trama en
sus aspectos principales. El guionista debe sugerir con una escritura
rápida personajes y escenarios. No tiene a su disposición los «espacios»
amplios de la narración novelada. Además, al partir de un libro y por
consiguiente de un ambiente ya conocido por los lectores, debe
enfrentarse a lo que ellos esperan, sabiendo que no puede trasladar a la
pantalla todas y cada una de las páginas. Se produce una especie de
reestructuración de la trama.
La modalidad de relato de la novela es, efectivamente, distinta. Un
guión ha de respetar el ritmo de una película, que es necesariamente
rápido. De hecho, es como si, tras habernos dejado absorber por la
lectura del libro, que cada uno realiza a su propio ritmo absolutamente
personal, nos abandonaran a una serie de sensaciones que van más allá de
las páginas.
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